¡El arbolito es mío!

6 Dic

Todo hijo que traiga un adorno hecho con sus propias manos en el colegio será enviado a colgarlo en el arbolito de su abuela. En el mio, no.

4 Dec via TweetDeck

El armado y puesta en funcionamiento del arbolito de Navidad en casa es una tarea que asumo gustosa todos los años. No sólo la asumo gustosa sino que rechazo, amablemente, cualquier ofrecimiento de ayuda por parte de los diversos integrantes de esta familia. Si insisten, la amabilidad desaparece y me vuelvo hosca.

Todo tiene un por qué y así como maldigo en idiomas diversos cuando no me ayudan a poner la mesa o se niegan a pasear al perro, lo mismo hago cuando tengo algún hijo rondándome cerca al armar el arbolito.

No sigo al pié de la letra la tradición de armarlo el 8 y por motivos diversos, este año decidí armarlo el domingo. Javier, de 8 años, había invitado a un amigo. Ambos estaban, para gran espanto de la que suscribe, encantados con la idea de ayudarme.

Del armado en sí, lo único que les permití fue que me pasaran las ramas. De la decoración, prácticamente nada. Con astucia incomparable, les di permiso para que jueguen a la Wii, los dos ilusos desaparecieron detrás de los controles y yo me dediqué a armar el arbolito sin gusanos a la vista.

Finalmente los dejé venir a ver cómo había quedado de lindo y ante las protestas generalizadas de los dos, les permití colgar alguna bola que había quedado sin rama asignada.

Y sí. Lo acepto. Soy una turra. Pero no me importa. Mis hijos avasallan día a día mis mas preciadas pertenencias. Paz considera que mi placard es el suyo y saca de ahí dentro lo que le viene en gana cuando le viene en gana. Mateo usa mi notebook como si fuera propia y Javier se despatarra en mi cama a ver tele cada vez que se le presenta la oportunidad. Y los dejo. Protesto pero los dejo. Pero el arbolito no. Es mío.

La realidad nos demuestra, a diario, que los niños pequeños y la estética no se llevan bien. Por eso es que sostengo que no se debe permitir que los chicos ideen, armen, decoren o tengan algún tipo de injerencia en el armado del arbolito de Navidad. Porque, es innegable, lo van a dejar horrible.


Luces:

Odio las luces de colores. Odio aún más esas mismas luces de colores que se prenden y apagan al son de una música pseudonavideña con clarísimas características psicóticas. No jodamos, al que las inventó habría que hacerle un juicio sumarísimo. Y después colgarlo en plaza pública. Sobre todo porque a los chicos les encantan. Y cómo tienen el cerebro casi sin uso, son capaces de escuchar esa endiablada musiquita durante horas. Un Jingle Bells neurótico capaz de volver loco a cualquier ser humano. Salvo a los que aún no cumplieron 10 años.


Bolas:

Las bolas de navidad generan en los locos bajitos cierta fascinación un tanto incomprensible. ¿Qué puede tener de divertido una pelota de colores brillantes con una argollita arriba? Si fueran las de cristal que teníamos cuando eramos chicos, vaya y pase. Uno podía agarrarlas ejerciendo cierta presión para ver cuanto aguantaban (y la mayoría de las veces aguantaban poco y se hacían trizas en la mano, con el consiguiente corte, sangrado, llanto, puteada de madre). Pero ahora las hacen de plástico. Lo único que explicaría el éxito de estas pelotas es el colorido. Plateadas, doradas, fucsias, azules, verdes… la escala cromática en pelotas. Cuantas mas haya y el color sea mas variado, mas felices los niños.

Adornos del colegio.

Las maestras jardineras nos odian. Eso es bien sabido. Llega fin de año y avanza el gurrumino con una bolsa de papel madera con todas sus creaciones para el árbol. No podía presagiarse algo digno. Las semanas anteriores nos habían pedido potecitos de postre Shimmy, papel glasé metalizado, brillantina, blondas de papel llenas de encaje y algodón. Atajate, con todo eso en manos de nuestros angelitos nada bueno puede salir. Y encima llegan con precisas instrucciones de colgar todo en el árbol. Sobre mi cadáver. Evalué varias veces la posibilidad de mandarlos, mientras durara el jardín de infantes, a un colegio con otra confesión religiosa donde no se festejara la navidad, pero está tan extendida que temí que me trajeran el mismo adorno siendo alumnos del Tarbut, y encima tener que enseñarles yo sola a rezar el padrenuestro. No es negocio. ¿Cómo explicarle a un enano orgulloso de su labor qué ese “des”adorno no va a integrar la decoración estable del arbolito? Hay diversas opciones:

  • Dejar caer, accidentalmente claro, los tres primeros tomos de la enciclopedia británica sobre el coso ese. A no ser que la maestra haya mandado a pedir un caño de plomo, no se lo bancan.
  • Colgarlo, fingiendo emoción, del lado de atrás del arbolito, lo mas bajo posible, para que quede oculto y deshacerse de él con un movimiento rápido en el momento en que el artista está mirando para el otro lado.
  • Dárselo al perro y que lo entierre en medio del jardín.
  • Regalárselo a la abuela. Es mas que sabido que los arbolitos de navidad de las abuelas, que ya han tolerado muchos años de adornos, suelen ser un rejunte interesante de adornitos hechos a mano por usted, sus hermanos y sus primos allá lejos y hace tiempo.
  • La imaginación de las maestras no tiene límites. Y eso no es bueno.

Tarjetas navideñas.

Cuándo eramos chicos, la gente se enviaba tarjetas de navidad. Por correo y todo. Con el paso del tiempo, la llegada de nuevas tecnologías y el precio del correo, ésta costumbre se ha ido dejando de lado. ¡Pero a no desesperar! Las maestras (¿quiénes si no?) han decidido mantener viva la tradición y los chicos llegan con una tarjeta de cartulina verde, escrita con una letra imposible, con los restos de la brillantina que no usaron en el adorno del árbol, algún botón que quedó por ahí yirando y unas cuantas lentejuelas. Las maestras, además, les dan indicaciones de poner la tarjeta en cuestión, ¡en el arbolito! No hay modo, no tienen con que colgarse y se vuelan apenas les da un poco de viento. Y ademas, a menos que nuestro retoño sea un émulo de Miguel Angel, admitamoslo: son feas. Una excelente idea es mandársela a la abuela, en sobre y todo. De paso los chicos aprenden del uso del correo.

Adornos yonkis.

Es otra cosa que no soporto. Es más, encontré una jeta de Papá Noel enorme, con dos barritas de caramelo atras, que no tengo ni idea de donde ha salido. Sé y estoy segura, que el año pasado no estaba, alguien me la debe haber regalado. Me niego a convertir mi arbol navideño en algo que parezca importado de Miami. No a la nieve artificial, no a las castañas calientes ni a las botas de lana colgando de la chimenea. Si al pesebre, a la huella a la huella y a las velitas en el jardín.

Mi arbolito es como las aspirinas: Hay que mantenerlo alejado de los niños.


Se muy bien que cuando me toque ser abuela mis hijos van a vengarse. No me importa. Seré capaz, prometo, de olvidar mi arbolito armónico y llenarlo de porquerías hechas por las poco habilidosas manos de mis nietos. Estaré feliz, prometo. De esa manera me demostraré a mi misma que mis hijos aprendieron la lección.


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5 comentarios to “¡El arbolito es mío!”

  1. hdrom diciembre 6, 2010 a 9:03 pm #

    Me rei mucho del post. Has tomado posesion de tu arbolito, jaja. Y con respecto a las maestras tienes razon; hoy justamente le pregunte a mi hija que hicieron en Plastica y me dijo: – una tarjeta de navidad!.
    Saludos y un gusto leer lo que escribes como siempre

    • majogm diciembre 6, 2010 a 11:05 pm #

      Bienvenido al club Hernan! Ya vas a ver que quiere que quede en un lugar bien visible de tu living. La culpa es de la maestra, es ella la que le metió esas ideas subversivas en la cabeza!

  2. Iván Dawidowski diciembre 7, 2010 a 2:53 pm #

    Claramente, mi abuela tiene una postura superadora a la tuya. No acepta adornos navideños, ni de los otros: recuerdos de vacaciones, souvenires regionales, lapiceros hechos con palitos de helados, potecitos de arcilla hechos por las manitas de sus nietos… no, nada de eso acepta porque no quiere pasarse el día limpiando la tierra que se junta en las repisas.

  3. PiensoLuegoPiensoLuegoExisto (PLPLE) diciembre 8, 2010 a 7:33 pm #

    Jajaja, me maté de risa. Como te decía en un comentario anterior, con nuestra primer angelita que todavía no llega a los 4, todo se permite. Pero ya me veo con otros pibes luchando por un lugar en el árbol con sus ya no tan bien vistas manualidades (o mejor vistas, dicho de otra forma), y seguramente terminaremos en la misma lucha tuya.

    Cómo cambian las cosas entre uno y varios chicos, ¿no? Tendría que hacer un post, pero me faltan los “varios” para completarlo. Te la dejo picando… :-D

    Saludos!
    PLPLE

  4. AIBC diciembre 10, 2010 a 7:22 pm #

    Es envidiable tu espíritu navideño Majo, comparto totalmente tus apreciaciones estéticas sobre los adornos hechos por nuestros adorables hijos en el colegio, los considero una pequeña venganza por parte de los docentes que se han bancado a nuestros vástagos todos el año.

    Mi experiencia con estos festejos difiere radicalmente de la tuya, desde que fui madre allá lejos y hace tiempo armé el arbolito sólo tres veces.

    El trauma que me ha dejado pasar varias navidades en los EE.UU. padeciendo esa musiquita infernal, saludando vecinos que usaban gorros rojos durante todo diciembre (?) y dientes blanqueados tipo conejo durante todo el año, me han dejado con un superávit navideño hasta el fin de mis días.

    Así me convertí en la reina del outsourcing navideño: las abuelas debían armar los arbolitos en sus hogares y yo me encargaba de crear cizaña entre ellas para que mejoraran su productividad.

    Pero un día mi hija menor cumplió 13 años, con toda felicidad le expliqué que ya no pensaba siquiera dignarme a tercerizar los festejos. Así la navidad desapareció de mi hogar, y para esas fechas ya estamos de vacaciones. A mi hija menor le importa un pomo no festejar, pero la mayor todavía me recrimina que nunca había arbolito en casa (insaciable 3 temporadas no le alcanzaron). Y ahora que tiene su propio hogar arma todos los años uno, bue todos los años, recién se independizó hace tres…

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