De algo hay que morirse.

2 Jun
De algo hay que morirse. Me voy a tomar un cafe. Manéjenlo.

1 Jun via TweetDeck

Desde que fumar dejó de ser un hábito socialmente aceptado y cada vez hay mas lugares donde está prohibidísimo siquiera pensar en prenderse un pucho, nuestras expectativas de vida como raza humana han mejorado notablemente. Es por eso que la OMS, junto con algunas organizaciones gubernamentales, académicas y barriales han decidido, de común acuerdo, buscar otras posibles causas de muerte y extinción, con el único fin, claro está, de hacer nuestra vida un poco más miserable.

Hace dos años llegó la pandemia del H1N1. Empezó en México y casi nos morimos todos. Llegué una mañana a Barajas con barbijo y cara de alejaos de mi todos vosotros, no me paséis vuestros gérmenes (cómo estaba en España pensaba en español, se entiende). Una vez en el metro, yendo al centro de Madrid me empecé a sentir un poco tarada porque se iba subiendo gente que no venía de viaje y no se los veía muy preocupados. Antes de llegar a la Puerta del Sol, me había sacado, avergonzada, el barbijo y lo había guardado en el fondo de la valija. Durante el resto del viaje sólo te cruzabas a japoneses enbarbijados, pero creo que ellos lo usaban de antes. De la gripe aviar, no la porcina, que también estuvo a punto de mandarnos a mitad de la humanidad al otro lado y finalmente las que se murieron y a fuerza de escopetazo limpio, fueron unas cuantas ocas que estaban en pleno proceso migratorio sobre el cielo de Uzbekistán. Al volver a Buenos Aires suspendieron las clases, prohibieron la entrada a los shoppings y volvimos al pánico generalizado. Todos rogábamos por conseguir el Tamiflú y finalmente se murió ese año menos gente de la que se muere anualmente por gripe común. Y los pobres chanchos tuvieron muy mala prensa por meses.

Ojo con el Microondas: Recuerdo cuando llegó el primer microondas a casa. Debe haber sido el primero en instalarse en Bahía Blanca allá por el 82. Metías una taza con nesquick y se calentaba. Wowww. Las madres de mis amigas del colegio empezaron a llamar a mamá, preocupadísimas por los cuentos que llegaban desde casa. Éramos una especie de familia Sónico donde en lugar de calentar las cosas en un horno, como el resto de los mortales, las metíamos en una especie de televisión hueca que emitía ondas extrañas y reventaba, irremediablemente, los huevos (¿quién no probó alguna vez meter un huevo entero al microondas y ver que pasa?). Mas de uno ha proclamado que las ondas que se escapan (?) nos van a llevar a algun tipo de mutación genética. Prefiero eso antes de tener que calentarle el nesquick a Mateo todas las mañanas en la hornalla.

¿Nunca probaste? Te falta infancia...

Y ahora, que los daños por la radiación del microondas están en franca decadencia porque lo usamos hace 30 años y todavía no nos pusimos verdes ni nos salieron antenas, hay que buscar otro potencial enemigo. Y zaquete! Los celulares, puestos a la altura de la oreja, parece que despiden unas ondas malísimas que tienen la capacidad de convertir nuestro cerebro en esponja. O algo así. Quisiera saber cuántos de los que nos aterran desde hace unos días con el tema han dejado de usar el movi. Seguro que ninguno.

Nuevo modelo de celular que no emite rayos. El problema es el cable.

Ojalá que llueva café en el campo: Esta lleno de malvados que no hacen mas que advertirnos de lo mal que hace el café. Ahora bien, estos mismos personajes no aclaran que salir a llevar hijos en auto al colegio sin haber ingerido generosas cantidades de café es aún mas peligroso. ¿Qué sería de la vida de una si no estuviera permitido parar un ratito en el café Martínez, hacer un alto en el camino rumbo al trabajo y leer el diario tomándose un café? Esa gente no tiene sensaciones. ¿Quién puede resistir al olor de un café recién hecho? Esa gente debe tomar dolca a la mañana, si no, no se explica. No exageren. Hay gente que todos los días se toma dos litros de agua y nadie le dice que se puede disolver por dentro. Puedo tolerar cualquier cosa, menos que hablen mal del café.

La felicidad hecha cajita: Nuestros legisladores (en este caso el legislador porteño Juan Cabandié, el que quería hacer un monumento a Maradona el año pasado antes del vergonzoso 4-0) siempre piensan en nuestro bienestar y felicidad. Por eso presentó un proyecto de ley que prohíba que las grandes cadenas de comida rápida pongan, en el menú infantil que ofrecen, un juguete. La cajita feliz de Mc Donalds, digamos. Es cierto que los chicos la piden para conseguir el muñequito que les falta en la colección y que buena parte de la hamburguesa y de las papas se la termina comiendo la madre. Lo sé por experiencia. La misma madre que no quiere engordar y se compra una ensalada que tiene un aderezo que es mas hipercalórico que tres hamburguesas juntas. Una estupidez, según mi humilde opinión. La obesidad infantil no se debe a que una vez por mes los chicos coman media hamburguesa con unas pocas papas fritas. Busquen las causas en otro lugar. No he leído a nadie proponer que se dejen de vender galletitas dulces, que los chicos comen de a cientos. Y puedo garantizarles que las galletitas dulces son una bosta. Pero claro, meterse con Terrabusi no tiene el mismo impacto mediático que hacerlo con McDonalds. Al menos no en entre los pseudoprogres que prefieren meterse con el Imperio.

¿Qué gusto tiene la sal? El Congreso de la Provincia de Buenos Aires ha sacado una ley que prohíbe a los restaurantes poner saleros en la mesa. Sólo te dan uno en caso de que lo solicites y hasta llegué a leer en algún lugar (y supongo que es obra de un chistoso) sólo después de que hayas probado la comida. No soy consumidora de sal de manera patológica. Es más, cuando cocino suelo recibir quejas de los comensales por la falta del ingrediente. Pero hay cosas con las que no se jode. Llegar a un restaurante y esperar la comida comiendo pan, aceite de oliva y sal es uno de esos placeres a los que no me resigno. A las papas fritas se les pone sal apenas salen de la sartén. Cambia abismalmente el resultado final. Hagan la prueba, salames y después me cuentan.

Buscando nuevos usos a la sal.

Sale el sol, sale el sol en la esquina de mi casa: Los chicos de hoy en día nunca han sufrido las quemaduras solares en los hombros. Esas que te hacían dormir colgado por lo que ardían. Y te obligaban a usar remera en la pileta por dos o tres días. No señor. El sol, que para nosotros ha sido el compañero habitual de tardes enteras en verano, esta proscripto. Yo voy al dermatólogo en Julio. Así me aseguro de un tono general en la piel color verde oliva parejito. Ya en octubre empiezo a tomar color y me resulta incómoda la cara de desaprobación de la secretaria cuando me ve llegar.Tomar sol de 8 a 10 horas, con factor de protección 67 es demasiado. Le huimos al sol como a la peste porque es cancerígeno y porque la capa de ozono se está agotando. No sé. Creo que los beneficios de mirarte al espejo y no tener color de muerta desde hace dos días es preferible a la muerte misma. Vence a la depresión, al menos.

Con el asado no, malditos! A los argentinos nos gusta comer asado. Costumbre en extinción gracias a la política ganadera que los K vienen impulsando desde el 2005, intentamos al menos, una vez al mes, comernos un asadito. Prendes el fuego con palitos y leña, vas poniendo los chorizos, morcillas y la tira de asado, cortas un poco de queso y abrís un vino para acompañar y ahí aparecen, como siempre los, pisabrotes que se te paran al lado de la parrilla y te dicen: ¿Sabías que la grasa quemada por el calor y el humo de la leña trae cáncer de colon? Flaco, es lo mas rico del asado! Puedo pasarme la semana a papa hervida si me juran que el domingo puedo comer un pedazo de vacío chamuscado. Peores son, claro está, los que proponen una parrillada de vegetales. A esos habría que ejecutarlos en plaza pública sin juicio previo.

Vamos a comer el asado en lo de Pepe?

Descubrimos azorados que todo trae cáncer, o te aumenta los triglicéridos o te sube el colesterol. La vida sería mas larga y sana si camináramos cuatro kilómetros todos los días, tomáramos los benditos dos litros de agua, no comiéramos carne ni papas fritas saladas, no usáramos teléfonos celulares y viviéramos a la sombra. Yo creo que seríamos mas felices si nos dejáramos de investigar cuáles son los efectos adversos de las cosas que usamos y consumimos y nos dedicáramos a disfrutar la vida. Sin excesos pero sin sufrir penurias. Porque la vida, mis estimados, es una sola. No tiene fotocopia.

 

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Una respuesta to “De algo hay que morirse.”

  1. PiensoLuegoPiensoLuegoExisto (PLPLE) junio 3, 2011 a 9:32 pm #

    Impresionante, como siempre! Estaba por hacer un post con el combo cigarrillo/sal, pero me superaste en tiempo, contenido y calidad. Excelente!

    Te faltó la ceguera de la tele y la poca luz, el aspirar el residuo ambiental de los insecticidas, el no bañarse si llueve o si te viene, y un largo abanico de etcéteras que entre médicos truchos, investigaciones al vuelo y un exceso de pánico, hicieron (y harán) nuestra vida un poquito más imposible que de costumbre.

    Festejemos mientras podamos, pero eso sí, con sólo una copa de tinto durante la comida vegana…

    Saludos!
    PLPLE

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