Comprar, comer, reír (Parte I)

3 Oct

Los libros de historia me recordaran como la responsable de que USA salga de la recesion, ya van a ver…

25 Sept vía Twitter para Blackberry

La crianza de un hijo lleva consigo un montón de enseñanzas que una, como madre, va haciendo de a poco. Lo primero que se le enseña a un bebe es a decir mamá y después, a lo largo de la vida, una se pregunta para que se lo enseñó, cuando el mocoso se pasa el día entero gritando mamaaaaaaaaá, ante cualquier eventualidad, por mas nimia que sea.

Una le enseña a caminar, para arrepentirse la primera vez que el retoño deambula sin rumbo fijo por el living y, con la torpeza propia de quien empieza a hacer algo, rompe el jarrón de la dinastía Ming al llevarse puesta la mesita que lo sostiene.

Una le enseña a dejar los pañales para querer pegarse un tiro cuando, en medio de la cola del supermercado, cuando estas por llegar a la caja finalmente, el gusano, con sonrisa angelical dice: mamá, quiero hacer pipí.

Así es con todo. Una va de a poco, forjando con el ejemplo, la conducta de sus hijos y cuando a los 12 el angelito se convierte en un ser intratable, hosco y maleducado, una se pregunta, seriamente, si no lo habrán cambiado por otro en algún momento de descuido materno.

La cosa es que Paz estaba a punto de cumplir 21 años, así que decidí hacer una tarea más como madre responsable de su educación y organicé un viaje de mujeres solas al paraíso de las compras, el sol y la buena vida. Unos días en Miami para brindarle a mi hija las últimas enseñanzas a las que estoy obligada como madre, antes de que se convierta, legalmente, en adulta.

Ya en el aeropuerto, al hacer el check in, me pidieron su autorización de viaje. A ella, que desde los 18, viaja sola. Paz estaba indignada. Yo sonreía pensando: ya lo vas a agradecer en unos años…

Subimos al avión y a las 9 horas, aterrizamos en el aeropuerto de Atlanta, donde 1 hora y 45 minutos después teníamos la combinación a Miami. Ella estaba preocupada por el poco tiempo pero yo consideraba que no habría problemas si los aviones se movían a horario. Claro que no tuve en cuenta a la migra. Cuando llegamos al desk de entrada a USA, apenas el tipo vio mi nombre en el pasaporte me dijo. Usted ya sabe como es esto, no?

Las delicias de llamarse María García. Los gringos no entienden que debe haber 12 millones de Marias Garcías en el mundo. Mi hermana y yo, por ejemplo, nos llamamos así. Cuando vio el pasaporte de Paz, dijo: epa, María Ruiz también tiene ciertos problemas… pero esos los puedo solucionar desde aquí, me temo que los suyos no. Ante mi comentario: ojo, tengo una conexión y no querría perderla, el tipo me sonrió amablemente y me dijo: no, van a ser unos minutitos nomas. Pues bien, me encerraron en una habitación a esperar esos minutitos, que fueron unos 120. Mal humor supremo. Finalmente descubrieron que la María García que estaba ahí sentada (o sea yo) no era la María García que estaban buscando y después de unas preguntas de rigor, me dieron la bienvenida a Estados Unidos. Justo a tiempo para que pierda la conexión a Miami. Tuvimos que cambiar el vuelo y nos subimos al próximo avión a Miami que conseguimos dos horas después.

Una vez en el Miami Intl. Airport, buscamos nuestras valijas, que por arte de magia estaban en nuestro mismo avión, y partimos a buscar el auto. Un GM HHR negro, divino.

Pusimos proa al este y en un ratito nomas estábamos cruzando el Mac Arthur Causaway rumbo al SoBe. El hotel era bastante básico pero tenía una ubicación privilegiada, frente al mar, en la 21 y con un estacionamiento publico enorme justo enfrente, lo que, para el SoBe es un autentico lujo. El que tarareáramos la canción Hotel California cada vez que entrábamos era, teniendo en cuenta esas cosas, un detalle menor.

Nuestro primer día, cansadas después de viajar toda la noche y de permanecer detenidas buena parte de la mañana en Atlanta merecía una tarde tranquila, así que elegimos The Shops at Sunset Place como primer destino. Y, cosa que se repetiría a lo largo de los malls a los que fuimos, la entrada que elegimos fue la de Forever 21.

Para los que no lo conocen (hombres, en su mayoría) Forever 21 es el sueño de cualquier mujer hecho realidad. Un negocio de, promedio, 400 m2 de tamaño, lleno (pero lleno en serio) de percheros con ropa de todo tipo. Desde vestidos de fiesta hasta bombachas. Desde pantalones de vestir hasta shorts de playa. Todo lo que Paz podría llegar a querer, esta en Forever 21. Tiempo estimado dentro del negocio: 4 horas, 20 minutos. Encima, a lo gringo: Busque, revuelva, elija, meta en un bolso que te dan enorme, vaya a probador, pruebe, salga, deje lo que el queda pal culo, siga revolviendo, siga eligiendo, vuelva al probador, repita esta acción 4 veces, salga y vaya a la caja, quédese un ratito eligiendo unos collares ahí al lado, pague una fortuna no por los precios (nada cuesta mas de 20 dolares) sino por la cantidad de cosas que lleva, agarre la enorme bolsa amarilla que le dan e intente salir del negocio sin mirar nada más. Si, como la mujer de Lot, no resiste la tentación, sonamos. No se convertirá en estatua de sal pero empezará nuevamente el proceso de revolver, elegir, probar… y puede pasarse días haciéndolo.

El resto de los negocios de Shops at Sunset place tuvieron una visita rápida, como llovía pegamos la vuelta para el hotel. Esa noche, nos encontramos con Ana, una amiga que vive allá y fuimos a comer a Española Way, una callecita de dos cuadras con restaurantes uno al lado del otro, luces en la calle, lleno de gente de todo el mundo, una onda increíble y una excelente esquina donde comí por primera vez en este viaje lo que es la base de mi alimentación cuando llego a Miami: Ceasar Salad with grilled shrimps.

El diluvio universal fue cordial y esperó a que termináramos de pagar pero llegó y por suerte Ana había ido en su auto porque si no, hubiéramos tenido que volver nadando al hotel. Llegamos con el resto de fuerzas y dormimos como marmotas hasta las 7 de la mañana del día siguiente. Nublado. Recontranublado y lloviznando. Día ideal, le dije a Paz que miraba por la ventana la playa vacía, para internarnos en el sawgrass y aprender de una buena vez que significa hacer shopping.

Fuimos a desayunar a News café, en Ocean drive y la 8. Un barcito abierto las 24 horas donde desayunaba todas las mañanas Gianni Versacce antes de que un novio despechado lo mandara con sus diseños para el otro lado. El desayuno en todo USA es bastante particular. A los gringos les gusta desayunar como nosotros almorzamos. Y lo hacen a las 8 de la mañana sin morirse en el intento. Huevos revueltos, salchichas, panceta frita, panes fritos, porotos. No le hacen asco a nada. Conseguir una medialuna es toda una proeza. Nuestro humilde pedido fue un baguel con cream cheese y un café americano. Amo el café americano. Parece agua sucia. Puedo tomar dos litros y no me cae mal. El baguel es una especie de pan redondo, que te lo dan tostado. Y con el mendicrim de ellos, se convierte en un desayuno digno, que te permite seguir tu día sin tener que internarte en el Mount Sinai Hospital para que te hagan un lavado de estomago y un trasplante de hígado. Un problema es el costo del desayuno. Si vos desayunas como lo hacen ellos, por la módica suma de USD 5,75, estas hecho. Ahora bien, si querés hacerte la healty y desayunar muchísimo mas sano y en menor cantidad, el chiste te cuesta USD 9. Ladrones. Lo bueno que tiene News café y todo Ocean Dv. es que en su totalidad de 15 cuadras ver a la gente que pasa es un espectáculo en si mismo. Personas en rollers, medio en bolas, paseando pitbulls se mezclan con ejecutivos de traje y portafolios, morenas enormes ajustadas en ropa de lycra brillante tres talles más chicos y típicas madres americanas con hijos en carritos para la playa.

Después de desayunar, nos subimos al auto, pusimos 12900 de West Sunrise Boulevard en el GPS y enfilamos hacia turnpikes, autopistas y rulos interminables, rumbo al Sawgrass Mill.

Es poco lo que se puede decir de este shopping, ícono absoluto de las compras en Miami, que no se haya dicho. Yo había ido ya varias veces y siempre el resultado fue el mismo. El baúl del auto atiborrado de bolsas, un cansancio absoluto y la promesa de volver el año que viene han sido una constante para esas incursiones.

Pero esta vez, cuando nos bajamos del auto, tomé a mi hija de los hombros y con voz grave le dije:

Paz, yo te enseñé a caminar, te enseñé a hablar, te enseñé a ir al baño sola. Hoy es el día en que voy a enseñarte a hacer shopping en serio.

Y enfilamos nomas a la entrada 3, conteniendo la respiración…

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2 comentarios to “Comprar, comer, reír (Parte I)”

  1. Russ thistle octubre 3, 2011 a 3:46 pm #

    Desde ya muy agradecidos por sus compras y por la excelente educación proporcionada a su hija :))

    Ben Bernake
    Barack Obama

  2. miguel omar octubre 3, 2011 a 6:58 pm #

    Muy buena redaccion Majo! Que historia!! Quiero la continuacion!!

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