Comprar, comer, reir (Parte IV)

6 Oct

En Ezeiza, tomando un café. Espero que el que está acá al lado con cara de suicida palestino no viaje en nuestro vuelo.

25 Sep via Twitter for BlackBerry®

No me gustan los aviones. Desconfío sobremanera de las leyes de la física (probablemente porque no las entiendo) y no me puedo explicar cómo hace un avión para volar. Además, con el estilo “drama-queen” que me asiste, estoy convencida desde que el avión despega hasta que el avión empieza el descenso, que se van a parar los motores, nos vamos a caer y nos vamos a morir todos.

Cuando era chica leí el libro “Girl against the jungle”, eso debe tener algo que ver en mis traumas aeronáuticos. Y un horrible vuelo desde Rosario a Buenos Aires hace ya varios años, en el que un avioncito de Austral se movió como una coctelera por una brutal tormenta me dejaron marcada para siempre.

Envidio sobremanera a aquellos que se suben al avión y se duermen como si estuvieran en su sillón del living viendo una película en cinecanal un domingo a las tres de la tarde.

Yo, desde que el avión empieza a carretear, me encomiendo a cuanto santo se me ocurra. En el momento en que empieza a ir rápido tengo unas ansias irrefrenables de empezar a gritar: detengan esta máquina! Y en el momento en que despega, tengo un vértigo espantoso que me hace preguntarme seriamente que cazzo estoy haciendo arriba de un avión en lugar de estar en tierra firme.

Durante el viaje, no me saco el cinturón de seguridad aunque confieso que respiro aliviada cuando se apagan las lucecitas que prohiben hacerlo. Y cada vez que hay turbulencia, les miro la cara a las azafatas. Si siguen sirviendo “carne o pasta” como si nada, confío en que nuestra muerte no es inminente. Pero las pocas veces en que las he visto desaparecer en las puntas de los aviones, tiemblo.

Detesto ir en la cola. Me da miedo que se parta y quedarme del lado que no tiene ni turbinas ni alas. Detesto ir adelante y ser la primera en estrellarme de cara contra el suelo a 800 km por hora. Siento una atracción medio enfermiza por el mapita que me va mostrando donde estamos, para saber, en caso de caernos y sobrevivir, en que país del mundo estoy. Siempre agarro el perfume que me compré en el freeshop porque lo que mas me asusta de caerme en medio del Mato Grosso es oler mal. Después del 9/11 los gringos no me la ponen fácil porque no me dejan llevar pasta de dientes ni desodorante.

Y ojo, soy una mina racional. Entiendo todo eso de que las probabilidades de morirte arriba de un avión son muchísimo más bajas que morirte manejando un auto. Pero con el auto ni lo pienso, me subo, manejo y ya. También veo la cantidad de gente que hay en los aeropuertos, la cantidad de aviones que despegan por hora y los pocos aviones que se caen. Pero eso es razonamiento a nivel del mar. A 10000 metros de altura no me sirve, créanme.

He viajado en primera y la cosa no mejoró. El miedo lo tuve igual. Con comida a la carta y champagne de bienvenida.

Duermo mal. Mido 1,73 y no entro cómoda. Hay gente que pasea por el pasillo para que no le de una trombosis, pero como me da miedo sacarme el cinturón de seguridad, no lo hago. Por eso reservo un rato del viaje para pensar en lo mal que me sentiría si me da una trombosis y me deja lela a altura crucero.

Cuando las azafatas empiezan con toda la cantinela sobre qué hacer en caso de amerizaje (?) ni las escucho. Yo ya se que para ese momento me morí del susto y no vale la pena aprender cosas que no voy a poder poner en práctica. Lo mismo con las mascarillas. Pero una vez que terminaron de explicar todo me agarra la duda y agarro los folletos que están en el revistero del asiento para asegurarme de no ponerme la mascara al revés y morirme asfixiada mientras todos sobreviven la descompresión de la cabina.

Cómo nunca tomo nada para dormir, me da un cacho de miedo hacerlo y quedar idiota cuando llego a destino. Esta vez me tomé media rivota que me dió @majo_ch y el resultado fue como si hubiera tomado una aspirineta.

Recién empiezo a calmarme cuando siento que el avión inicia el descenso. También se que es, junto con el despegue, el momento más peligroso del vuelo, pero me da la sensación de que ya falta poco para terminar con esa tortura y al empezar a ver el suelo que se acerca de manera controlada se me va quitando, de a poco, la angustia.

La paso mejor en aviones grandes, que se mueven menos. En este viaje, el avión que nos llevaba de Atlanta a Miami y viceversa era bastante chico, se movía y hacía unos ruidos a chapas quebrándose bastante fieros. Y encima las dos veces nos mandaron a los asientos de atrás del todo, al lado de las turbinas… Un encanto viajar así.

Hace unos años, charlando con mi prima Jimena sobre nuestros miedos a volar, ella, que vive en Francia comentó algo que a mi jamás se me había pasado por la cabeza: Yo, cuando estoy sentada en el avión y van subiendo todos, les miro la cara a ver cual es el fundamentalista islámico que nos va a hacer volar a todos por el aire. Yo, que vivo en Argentina nunca había pensado en eso. Por acá los turcos son bastante inofensivos. Y pocos. Pero a partir de esa charla, hago lo mismo. Miro a cada uno de los que entra y pienso: a este lo habrán revisado bien o en el carry-on que acaba de poner ahí arriba tendrá una bomba nuclear que nos manda a todos para el otro lado?

Eso si. Llego a destino y me olvido de los aviones, los accidentes y los suicidas. Es más, miro, con una fascinación morbosa los programas de National Geographic sobre Grandes Tragedias Aéreas…

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5 comentarios to “Comprar, comer, reir (Parte IV)”

  1. Majo_ch octubre 6, 2011 a 9:17 pm #

    Estaría vencida mi rivota? En definitiva, mejor pq gracias a que te mantuviste despierta es que hoy disfruto de tu cuento Como siempre Melli, tus relatos son lo más. Son tan tan tan, realistas que te vi abriendo el blister de clonagin como si hubiera estado ahi. Soy de las que no le tiene miedo al avión, entro perfecto en el asiento de economy, y si me das 2 asientos pegados duermo cual oso ivernando.
    Ahora si por alguna casualidad me engancho con una película, rogá q no sea lacrimógena como la de ese perro Sam que se moría al final, porque lloro con congoja y termino con la cara como sapo hinchado mientras todos los de mi fila, me miran con ganas de cambiarse de asiento.
    Si tenés que volar para luego disfrutar de tus cuentos, ponele el pecho al viento y volá.
    PD: fui protagonista de tu relato. Me agrandé.Besos, te quiero!

  2. hebe octubre 7, 2011 a 9:43 pm #

    Muy grafica pero algunos detalles son comunes a muchos pasajeros.

    • Alyn febrero 29, 2012 a 7:34 am #

      I was drawn by the hneosty of what you write

  3. Gachi Zamolo (@gachizamolo) octubre 9, 2011 a 1:35 am #

    Gracias Diosito! por hacer que me guarde el relato completo para leerlo hoy tranqui.
    En realidad, los sub 12 no me dieron respiro … más allá de lo dogmático.
    Soy de las que no tienen miedo a los aviones. Es más, me creo “the bird woman” cuando despega y queda suspendido, creyendo que soy yo, la que desafía la ley de gravedad.
    Del resto? SOY IGUAL! todos son culpables hasta que demuestren lo contrario…
    Me reí tanto, que, seguramente me haré adicta a tus relatos Majo – nunca olvidaré que me volví fundamentalista de la carne en bolsa después de un tweet tuyo –
    Besos miles!

  4. ale octubre 31, 2011 a 8:49 am #

    excelente!
    llegué de casualidad a través de flor vionnet.
    A mí me pasa igual con la diferencia de que en primera me olvidé de todo.. Pena que no es tan repetible. Más barato el suicido precaída.
    Si algún día editás algo, avisá.
    Prometo re-leerte.
    Saludos!
    ale.

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