El sueño olímpico.

1 Ago

Ustedes, cuando ven ciclismo, estan esperando que se caigan todos y se hagan torta o soy solo yo que no puedo ser más mala? #JJOO

11:47 AM – 28 Jul 12 via Twitter for iPad · Details

Empezaron los Juegos Olímpicos y con ellos la quincena que, cada cuatro años, nos convierte en expertos relatores de todas las disciplinas. Incluso de aquellas que ni siquiera teníamos la sospecha de su existencia.

Por alguna razón que se nos escapa, toda la maldad contenida en los últimos 4 años, se da rienda suelta durante los juegos olímpicos y nos pasamos la quincena sentados frente a la tele, esperando que cosas horribles le pasen a los atletas. Que rebote mal y se vaya de narices al suelo la rumana que hace viga, o que se rompa la barra paralela cuando el ruso está haciendo colgar toda su anatomía de ahí, que el caballo que tiene que saltar se pare en dos patas y exija mayor ración de azúcar o que le entre agua por la nariz al que va ganando los 200 metros de estilo libre en la pileta.

En algún momento de la presentación, se le cayó la cabeza. Y sigue como si nada…

Otra cosa que nos resulta irresistible es opinar sobre el deporte que estamos mirando. No importa si lo entendemos o no. Hasta me animo a decir que comentamos con muchísima más autoridad aquellos deportes de los que desconocemos hasta las reglas básicas.

Exitistas y henchidos de orgullo como siempre, los argentinos llegamos a los Juegos convencidos de que vamos a traer medallas de oro hasta en disciplinas en las que no competimos, porque somo lo mejore, somo. Somos tan piolas que hasta filmamos un institucional de Presidencia de la Nación en las islas Malvinas, cagandonos de risa en la cara de los malvinenses y mojandole la oreja a los ingleses. Y ahora vamos a Londres con el fin último de traernos a casa todas esas medallas doradas que nos corresponden por derecho.

Cualquiera sea el deporte, somos excelentes competidores.

 

Nos bailan en yudo la primer madrugada y sentados frente a la tele, comiendo medialunas y tomando café con leche, le gritamos, furiosos al referí que permite que la belga le haga calzón chino a Paulita Paretto y protestamos indignados porque no se queda ni siquiera con la medalla de bronce que había llevado. Perdido el yudo, pasamos a tiro a blanco. De 25 intentos, una sudafricana emboca 22 e inmediatamente opinamos que debería volverse a su casa en Pretoria y dejarnos a nosotros tranquilos, que después de todo, estamos ahí con la única intención de ver buen deporte.

Expertos comentaristas, si los árbitros se equivocan, expresamos nuestra opinión con respeto y altura.

Llega el hockey femenino y las leonas son unas cracs pero más crac es la hinchada que vocifera el himno nacional como si estuviéramos en la barra brava de Chicago For Ever.

Vemos un poco de gimnasia masculina, hay un argentino que clasifica y al instante lo googleamos porque nadie lo juna pero hay que alentar, vio?

Todos pasamos a ser fans de Pablo Molinari, al menos hasta que los orientales, que vienen rompiéndola en gimnasia lo pasen por encima. Ahí opinaremos que a este chico le falto entrenarse un poco más, se lo notaba desconcentrado.

Nos maravillamos con los saltos ornamentales coordinados. Dos pibes se suben a un trampolín de una altura que te hace temblar las patas, se paran de espaldas, en el borde en puntas de pié, y saltan juntos, hacen dos o tres mortales en el aire y caen exactamente igual y casi sin chapoteo. ¡Una locura! –Para mí que es la tecnología, fijate que son iguales, salta uno y el otro es un holograma- dice el primo Mario, mientras se rasca la cabeza, ahí donde tiene los siete puntos que le pusieron el año pasado cuando hizo una vuelta carnero en el aire al tirarse a la pileta y se dio duro con la laja del borde.

El salto ornamental del primo Mario.

Nos parecen divertidísimos los nombres de los chinos. Si no se llaman Ding, se llaman Chong o Huang. Alguien arriesga:  ¿sabés cómo eligen el nombre de los chinos? Los padres tiran una lata por la escalera, escuchan el ruido que hace y eso le ponen. Mientras intentamos parar de reírnos por eso, Ye, una nadadora china gana la medalla de oro en 100 y 200 metros libres. 

Aparece en la pantalla otro chino, que no habla español, al menos no un español decente. Se llama Song y juega al pingpong con la casaca argentina. Nadie entiende del todo qué pasa pero si es de nuestro equipo, al instante tiene todo nuestro apoyo. Pasa a ser un ídolo. Mandamos al pibe a comprar yogur al supermercado chino del barrio y que de paso le pregunte al cajero si Songuito es su primo porque “es igual”. Por propiedad transitiva, aún sin parentesco comprobable, el chino del supermercado es un fenómeno. A Songuito lo vemos jugar en la mesa con una rapidez asombrosa pero no dejamos de gritarle indicaciones, basada nuestra experiencia en las tardes de verano con partidos de pingpong en la quinta del tío Julio. Se ve que no nos escucha (o no nos entiende el castellano) y pierde. Nos desencantamos, opinamos que no se podía esperar menos, después de todo no es argentino y volvemos a sospechar que el chino del supermercado apaga las heladeras por la noche, cortando la cadena de frío del yogur.

Todos son los hermanos gemelos del chino del súper.

Ponemos natación, extasiados. Viene Phelps, que solito ganó en su historia de olimpíadas dos medallas de oro menos que Argentina país en las 30 en las que viene participando y mientras mordemos una empanada de carne cortada a cuchillo, nos reímos socarronamente porque sale segundo en los 200 metros mariposa. Loser… llegamos a murmurar mientras mordemos otra empanada, esta vez de choclo. ¿A quién se le ocurre pedir empanadas de choclo?

¿Hay una disciplina olímpica que se llama “Auto Fantástico”? pregunta alguien asombrado viendo los cascos de los esgrimistas, llenos de colores. Nadie entiende las reglas y todos opinamos que el zorro jugaba mucho mejor a esto cambien el canal.

Medio frustrados, nos sentamos a ver básquet, vamos que llega la “generación dorada”. Es un deporte que no tiene tantos adeptos como el fútbol, y nadie tiene muy en claro las reglas. Los tantos valen dos o tres puntos según lo que opina el referí, parece. Nos ponemos nerviosos porque va demasiado rápido. Ginóbili es un crac. Mientras descorchamos una botella de malbec y comemos unas papas fritas, uno pregunta cuántos tiempos se juegan. Vamos por el tercero y no parece que esto esté por terminar. ¿El partido sigue o estarán dando la repetición? Nadie sabe qué responder. Alguien se sienta sobre el control remoto y al cambiar de canal, aparecen las chicas en biquini haciendo beach voley. La platea masculina aúlla entusiasmada mientras la femenina le busca celulitis a las competidoras. No se la encuentran. Aunque no tengan playa, ganan las suizas, dejando a todos de lo más asombrados. Las argentinas pierden. Esas dos deben ser de Jujuy, la única vez que jugaron a esto fue cuándo fueron a Mardel a conocer el mar, sentencia el tío Julio mientras se sirve otra copa de vino. No hay biquini que valga, estamos fuera de juego.

Ya con poca esperanza de conseguir una medalla, salvo que mandemos a Londres a los presos en “salida cultural” y se afanen alguna, dicen en twitter, nos vamos a remo. Nos sorprende la capacidad que tienen los remeros de hacer ese movimiento coordinado. Todos hacen lo mismo, se pusieron de acuerdo, reman alentándose unos a otros y trabajan en equipo buscando el bien común, que es ganar una medalla.

Con esa idiosincrasia, es obvio que los argentinos no tenemos posibilidades.

Cambiamos de canal, vencidos.

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2 comentarios to “El sueño olímpico.”

  1. alfredo bertoni agosto 2, 2012 a 8:57 am #

    Exelente

  2. Co agosto 2, 2012 a 9:54 am #

    Aplauso de pie Majo!

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